11/19/2007

Entran en la sala. Hay mucha luz ya que dos ventanas enormes se comportan como ojos abiertos hacia el mundo. El sol se cuela con sus dedos de fulgor áureo y hace que la habitación sea mucho más cálida. Aun así algunos flashes salen despedidos de las cámaras ávidas de detalles, de esos útiles que quieren captarlo todo sin reparar en que se dejan en el camino ese todo que buscan.

En la parte delantera hay una mesa larga, con un mantel azul, o eso parece. Se puede ver que la mesa es grande, larga, y que sus patas delatan ser de una madera de calidad. Fuerte, lustrosa. Entre la mesa y la pared se pueden ver tres asientos. Sí, solo tres. Y un libro en medio, con el título de cara al público.

No hay mucho aforo así que es evidente que no se espera un gran número de invitados. Los asientos se ocupan. Primero por un hombre, que va a la izquierda; en el centro un joven de unos veintipocos y a su diestra una chica también joven. Sorprende la juventud del que tiene la novela inmediatamente a su izquierda y su mirada cálida pero profunda. Da la impresión de que sus ojos susurran que saben qué tipo de secreto guardas al mismo tiempo que aseguran que no presionará para que lo cuentes. Inspira confianza. No obstante más joven es la chica que lo acompaña. Va vestida con un elegantísimo vestido negro que se corta justo encima de sus rodillas. Su melena cae suelta un poco por debajo de sus hombros y la piel de su espalda parece estremecerse cuando su cabello se balancea a ambos lados de su espina dorsal. Hace un gesto de niña con su melena, está claro que disfruta con esa parte de su cuerpo. Él la mira como diciendo que también le gusta y que menos mal que no la convenció para que se la cortara tanto como dijo.

Su cuello está adornado por un collar de pequeños dodecaedros de azabache que salpican de detalles su piel blanca. El contraste es maravilloso y si sonríe es imposible no reparar en ella. Sus ojos se iluminan al hacerlo y la piel que está justo a los lados de éstos, rozando las sienes, se arruga alegremente. La gente que se ha congregado empieza a hacerle preguntas al hombre que está a la izquierda del todo y ella aprovecha para mirar al joven con una media sonrisa. Es su turno de contestar y tiene que pedir, por favor, que le repitan la pregunta porque estaba distraído. Ella deja caer su cabello sobre su rostro para que no pueda verse que sonríe pues le divierte enormemente ver cómo se ha sonrojado el chico. El chico que vuelve a mirar con esos ojos retadores pero cercanos.

A ella le encanta ver ese marrón anaranjado clavándose en su cuerpo, o eso sugiere el que muerda su labio inferior mientras la mandíbula del joven se mueve para hablar. Ama esos ojos, no hay duda. Y esa boca, y la barba descuidada de tres o cuatro días que puebla sus mejillas, barbilla y cuello. Vuelven a preguntar al hombre y ella se desliza con una elegancia suma hacia el oído derecho del que está en el centro y le susurra algo que parece escandalizarlo, aunque es sin duda un gesto histriónico. Un gesto que disgusta a la chica, pero solo están jugando. Parecen conocerse tan bien... Vuelve a mirar su cuerpo y cómo le gustaría ser el vestido negro que acaricia esa figura. A ella también le encantaría, a pesar de que él tiene unas manos grandes y no tan suaves como la tela que ahora la viste.

Han vuelto a preguntarle y no puede responder. Lo ha vuelto a hechizar. Y sigue pensando, al mismo tiempo que responde, en esa silueta que ha cambiado tanto. Esbelta, delicada pero no frágil, fuerte e incluso regia. La estaba mirando y, al hacerlo, en sus pupilas se dibujaba un recuerdo que decía que hace seis años no era así, pero igualmente atractiva. Recuerdos de cuando era más niña, recién adolescente tal vez, y su cuerpo aún no se había abierto completamente a los sentidos. Se dibuja en el rostro del chaval una sonrisa que poco tiene que ver con lo que responde, parece que esté pensando en el ansia de sus manos por recorrer esa geografía humana, de nuevo. No había cambiado. A pesar de parecer conocerla de memoria sus manos no perdían el anhelo de buscar secretos en ella, su mente tampoco. Y ambos sonríen.

Alguien pide turno para preguntar. Es ese periodista y crítico de siempre. Famoso por las cuestiones subyacentes a sus preguntas. Dice así:

- Se oye que su editora es algo más que eso, que no es normal para alguien tan joven el haber sido publicado como usted lo está siendo. Además de que el mérito de sus escritos y novelas no recae únicamente en su autoría, que ella tiene mucho más que ver con eso de lo que usted deja que se sepa.

En los ojos del joven escritor hay algo que brilla, podría parecer rabia pero es ingenio. Contesta:

- Se oye porque lo digo. Por supuesto que es mucho más que mi editora. Como dirían hace unos siglos, es mi musa.

Y ahora son los ojos de ella los que brillan. De un marrón castaño impenetrable conectan con los anaranjados y una fuerza llena la sala con un silencio que da la reunión por terminada. Sin embargo parece que para ellos el tiempo y la vida no han hecho más que empezar.

3 comentarios:

Soñadora Empedernida dijo...

¿En serio el ya consagrado escritor asistiría con la barba descuidada que ella ama?



Encantarme es poco, creo yo.


Tal vez dentro de seis años me toque, te toque o nos toque recordar este texto.

Fascinante.
:)

Rubbens dijo...

Es lo que deseo. Hoy por hoy así es.

Te lo prometo. =)

un lápiz sin punta dijo...

viendo mis primeras entradas, me acorde de ti, mira:
http://yosoycosa.blogspot.com/2007/10/ai-mast-bi-imou.html

seguramente te encante jajajaj

Aíd@