11/15/2007

El invierno me trae aromas de supervivencia pues es con el frío cuando más presentes se tornan las ausencias. Salgo a la calle y siento cómo una ola de frescor envuelve mi cuerpo y despeja mis ideas. La luna es preciosa siempre pero en esta estación se me antoja mucho más curiosa debido a que en mis ojos se rebelan pequeñas lágrimas contra la temperatura. Entonces la luna baila, la luna baila para mí al son de mis parpadeos. Por eso es más curiosa, más amable, más querida.

El invierno es sinónimo de olor a mandarina y de suspiros en el cuarto de estar, mientras te tapas con la manta y observas cómo tus familiares intercambian sonrisas en la sobremesa. El invierno, desde hace un año, es sinónimo, también, de los que no están. El abuelo marchó hace casi un año y ya la pasada Navidad no estuvo, en cuerpo, con nosotros.

No obstante creo que fue diferente. El golpe fue tan inmediatamente anterior a la celebración que la marcha apenas pudo considerarse real. Este año será consciente. Los ronquidos que faltarán serán el doble de sonoros y las pesadillas de la abuela se manifestarán en siestas cortas, intermitentes, que usarán su rostro para tejerse un traje de turbación y pena.

El invierno es sinónimo de luces a media intensidad y estancias anaranjadas. Es ver el último partido de fútbol antes del parón de vacaciones y vibrar con la emoción. Es champán, y vino, y volverse a meter entre la manta de tela gruesa. Es sentir la aparente quietud de la tarde de Nochebuena que contrasta casi absurdamente con lo que será la propia cena.

El invierno es hacerse fuerte sobre uno mismo, soplarse las manos y acariciar y frotar fuerte las de los amigos. Es llevar un pañuelo constantemente para que no se irrite la nariz y es protestar cuando tardan mucho en abrirte el portal de casa. El invierno es, sobre todo, el calor de los allegados, de los familiares. De los que están y de los que se fueron. El invierno es la fuente de turrones y polvorón y las expresiones malsonantes cuando a alguien se le va el dedo en el mando y pone Cine de Barrio.

El invierno es calma, y también tristeza y alegría. Tristeza porque su dureza sórdida nos trae recuerdos de un futuro ineludible, y alegría porque mientras el invierno avanza, la primavera lo anima. El invierno es olor a leña, el invierno son palabras de chimenea.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Linda forma de ver el invierno, tus palabras me evocan recuerdos del pasado, mi pueblo, mi infancia, mis antiguas y añoradas navidades, mi madre... hay mi madre, aquí... pero tan lejos. Gracias por tus palabras.

Rubbens dijo...

Soy yo quien debe darte las gracias. Por dedicar tiempo y atención a la lectura de estas palabras.

Hasta pronto.