11/22/2008

Al volver en el bus, pasada la Puerta del Carmen, que antiguamente se cerraba a cierta hora de la tarde para que no entrase nadie más hasta el siguiente día y que marcaba el final de la ciudad, suelo dar con algo imponente.

Sucede de una manera rápida, casi resulta una aparición fantástica, algo así como la esencia de los sueños pero con la diferencia de que es algo muy real. Entre dos edificios hay una callecita anciana, vieja y muy transitada ya, convaleciente de ruido y humo y tiempo, y mucho viento también, además de gente que pasa y pasó.

La que pasa todos los días a la misma hora y se queda durante un ratito esperando su momento. Yo los veo desde el autobús, a través de la ventana, siempre elijo ventana, y el otro día me fijé un poco más. Había una cola enorme de personas, una cola bien hecha, solidaria con el orden, paciente. Resulta curioso pensar en esa calma, en esa distribución casi matemática de las personas que aguardaban, cuando reparas en que la puerta que ansían cruzar es la de un comedor social, para gente que pasa hambre, vive en la calle, y las pasa putas día sí, día también. Están llenas las horas de valientes de postín que hacen diana con los cuerpos arropados con cartones, ya se sabe, o cajeros, que para el caso es lo mismo.

Entonces yo me paré a pensar y me dije, vaya, tienen tiempo y lo saben. O mejor aún, ignoran el tiempo, lo desconocen tanto que ni lo matan ni lo culpan, ni les escasea ni les sobra, tal vez vivan en el límete de una angustia palpitante, o una desesperación afilada, yo qué sé. También en la boca de un cartón de vino y ahí se quedan, amorrados a la vida, o a la vida puta. Pero son solidarios, todos saben que tienen el mismo hambre, parecidas sentencias, similares faltas.

Puede que luego lloren, con el estómago lleno, cuando hayan comido ya. Desde el otro lado de la ventana del bus, que vuelvo de la universidad, pienso en meterme entre ellos, saber a qué huelen, si y a miedo y hambre, o tal vez a sueños y dolor; a lo mejor a alas fuertes y vuelos rotos, a sabiduría o a qué. Pero eso sí, siempre desde el otro lado de la ventana.

Y me da por decir que no tengo derecho a escribir sobre ellos, que en realidad sigo siendo la misma diferencia entre este lado y la cola para el comedor, que no soy nada sino un extraño, uno más que no tiene derecho a hablar sobre lo que cree que representan. Pero sí lo tengo a admirarlos.

A este lado de la ventana del autobús... A este mismo de los que usamos el periódico para algo distinto que no sea protegernos del frío. En esta orilla se ven cosas que de verdad acojonan, o dan risa. Como ver la que se monta porque una discoteca sortea una operación de tetas, una tontería sin más, una idea hasta original para llenarte el garito, ya se sabe, que no sería nada más si no fuera por el fanatismo folclórico y absurdo que se mantiene en algunas instituciones de este país, y que se representa en hipócritas acrónimos a los que les falta el tiempo, el mismo que ignoran aquellos a los que admiro aguardar para comer tan ordenadamente, en hacer el ridículo.

Un país en el que aquellos que deberían mover el culo para que las colas para los comedores sociales y gratuitos fueran menores, ya que decir nulas es exagerar y presumiblemente imposible, se dedican a denunciar a un promotor de discotecas por preparar una fiesta que, a su juicio, degrada a la mujer. Como si a las mujeres con tetas pequeñas, hoy en día, se les diese de comer aparte, enjauladas o colgadas boca abajo del palo mayor de la playa de cualquier pueblo.

Con eso me quedo, con eso y con lo que he escrito, con nada más. Bueno, sí, también con mirar el culo a las chicas que bajan del autobús, desde este lado de la ventana, muchos metros después de la cola para el comedor, de la jefatura de policía y de donde coño sea.

1 comentario:

anna_punx dijo...

Te gusta decir ya se sabe eh? No te pongo lo del msn, pero sí que has pasado de churras a merinas, y que me parece muy bien que sorteen operaciones de tetas.
Yo también me fijo en los comedores sociales, por suerte ( o desgracia) no suelo coger a menudo el bus.