11/18/2005

Que no sé qué escondes tras esa sonrisa. Si el secreto, o el deber, de dejar que guarde la ilusión mientras piensas que aún soy un niño y debo creer aún en la magia de ciertas cosas que creo sagradas. No sé qué piensas cuando sonríes así; si piensas que eres más oscuro que yo y por eso te ríes de mi ingenuidad o sencillamente te ríes o sencillamente no lo haces.

Tras esos ojitos marrones que cambian con la luz. No sé qué pretendes decirme, con ese gesto de tu rostro, mientras guardas silencio. Porque me da la sensación de que te crees tan listo que me dejas por imposible hasta que crezca un poco y el tiempo, o la experiencia mejor dicho, me espabile.

Y entonces es cuando te odio si sé que piensas eso. Y yo me río entonces y te insulto y te digo que tú sí eres tonto, arrogante y toca cojones. Mientras me pregunto qué es lo que escondes tras esa sonrisa y me doy la vuelta y detrás de mí solo queda un espejo que observa cómo mi reflejo se aleja atravesando la puerta y apagando la luz.

11/16/2005

La forma de hacerlo es fácil, lo difícil es acostumbrarse. Presiona con el cañón justo aquí, donde la nariz se une con el hueso frontal del cráneo, y haz un poco de fuerza. No es algo agradable, así que míralo a los ojos desde el primer segundo hasta el último, no le dejes llorar antes de morir.

Ahora, aprieta el gatillo. El ruido del disparo te hará recordar todo esto, solo la costumbre conseguirá ensordecer el recuerdo.

11/10/2005

Estaban solos los dos, él y ella. Cuidando de un pobre viejo cuyo cuerpo ya ni siquiera era capaz de cargar con el peso del alma ni con el de la existencia. Apenas podía hablar, y cuanto decía no eran más que incoherencias.

Era una tarde casi invernal, de esas grises en las que las nubes parecen escayola blanda repleta de grumos. El viento era frío, insistente e intermitente. Las paredes de la casa apenas podían evitar que las tirase el viento.

Parecían tiritar de frío incluso. Las grietas dejaban en evidencia el calor del hogar. Y ahí estaban él y ella, y el viejo. El viejo que los miró de una forma extraña, casi como siempre solo que con algo distinto. Olía mal, llevaba días sin poder bañarse ya que apenas podía valerse por sí mismo.

Así que se miraron el chico y la chica, se comprendieron y procedieron. Desnudaron al viejo. Hacía frío, gimoteó un poco el pobre hombre. Pensaron los dos que si llegara a saber lo que la gente del vecindario pensaba de él el gimotear no sería más que un alarde de valor y fortaleza.

Encendieron el grifo caliente y le echaron una toalla por encima. Mientras él abrazaba al viejo ella llenó tres cuartos de la bañera de agua caliente, y el resto de agua fría. Metieron al viejo, poco a poco. Pareció estar agradecido.

Su olor, a vejez y abandono, empezó a disiparse y se entremezcló en el agua de la bañera. Los miró a los dos, primero a uno y luego a otro. En sus ojos se leía "hijos míos", con un te quiero prohibido por lo que fuera, pero un te quiero dicho.

Y sin oponer resistencia el viejo se soltó de la mano de él, se sumergió poco a poco. Sabía lo que iba a pasar, al igual que él sabía que lo había pedido. Ella le sujetó los pies, él, la cabeza. Empezó a temblar un poco, exigiendo instintivamente el oxígeno imprescindible. Al convulsionar se partió algún hueso, su corrompido cuerpo no aguantaba apenas nada más.

A los cuatro minutos aproximadamente asomó de entre su nariz un hilito rojo, casi cobrizo, de sangre que se diluyó en agua. Por fin, el viejo sonreía agusto sin sentir ningún tipo de impotencia. Los críos lo lavaron, lo frotaron bien y dejaron que oliese de forma agradable.

Lo sacaraon de la bañera, su cuerpo ahora pesaba muchísimo más. Lo secaron, lo vistieron, y acabaron por tumbarlo, vestido con su pijama, sobre las sábanas roídas de su cama. Luego, él y ella se abrazaron, se lamieron las lágrimas mutuamente y descolgaron el auricular del teléfono para contar lo que había sucedido ahí esa tarde gris de invierno en las que las nubes parecen escayola blanda llena de grumos.