1/31/2008

Es una sensación muy parecida al orgullo, pero no llega a tanto. Es un tipo de satisfacción que te hace saber que has acabado lo que empezaste, que, al margen de todo cuanto pueda ser evaluado, lo importante es que no te rendiste a mitad y dejaste con las ganas de vivir a un montón de ilusiones y existencias. Ilusiones y existencias alojadas en papel.

A través de la ventana, con la cabeza apoyada en la almohada, y boca abajo, pensé en que había hecho algo de nuevo. Y el niño que soy gritaba de alegría al sentir que tendría otra historia más, una historia que tal vez perdure.

Me quedé mirando los árboles deshojados, famélicas criaturas enraizadas en la tierra, recortando sus siluetas macabras contra la noche negra, de carbón brillante en las estrellas. Luego imaginé esos mismos árboles pobladitos de brotes verdes, con color de tierra revivida. Me di cuenta, entonces, de que solo quedaban unos meses, y reparé en que todo sigue su rumbo, el tiempo no se detiene, y las historias, las letras y palabras, van y vienen.

¿Ahora me estará echando de menos? ¿Estará, en este instante, sumergida en las profundidades de mi alma, al tiempo que lee ese montón de páginas? El mundo no se detiene, y le da igual que haya escrito una o dos "novelas", una o doscientas diez entradas en un blog.

Y es verdad, no importa cuánto se haya escrito, sino lo que se sentía al hacerlo. Porque lo que se siente siempre queda, dando lugar a una impronta que nos recuerda qué y quién. Cuando quién es nadie, porque en las letras ya está todo cuanto eres, cuanto fuiste.

Sin embargo, mantienen el secreto de lo que serás.

1/27/2008

Un momento de aislamiento, de soledad, de ver el fútbol en una mesa con tres sillas y ser el único que está sentado. Porque no hay nadie más. Los minutos del partido resbalan relajados, como la luz de la tarde que claudica. Y la apatía marca un tanto en el descanso. ¿Qué hay? No hay nada, me respondo al mirar en el interior.

Por eso luego llego a casa, enciendo el ordenador y me dedico a pensar en qué es lo que voy a hacer más tarde, en cómo voy a rescatar la magia de este domingo en el que me quedo, en el que puedo ver anochecer de nuevo en mi ciudad, a través de la ventana de mi cuarto y no sobre un titán alargado de diez ruedas.

Mi cabeza viaja a toda velocidad de una idea a otra, las ideas están ahí, flotando. Voy al cuarto de baño y hay una que me seduce sobre todas las demás. Consiste en recuperar alguna costumbre de las de antes, no de las de antes de hace años, sino de las que tenía y que he debido abandonar... Sentarme en el sofá cuando todos duermen en casa, sin luces que rechinen en la sombra, sin aguijones de claridad que envenenen lo unánime de la oscuridad.

Justo después, poner ese programa de televisión que tanto me gustaba ver, sobre todo cuando el lunes era fiesta, para no tener que preocuparme por la hora en la que iría a conversar con la almohada y le haría el amor a la que se viste de sábanas y edredón. Un lunes como el de mañana. Y quedarme en el sofá, sentado durante un rato, y luego echarme, cuan largo soy, prescindiendo de todo. Olvidándome de mi apariencia, de mi cabeza rapada, de mi barba, de mi ropa, de mi piel, de mi vello, de mis inquietudes, de mi carne, de mi edad, de mis ambiciones... Dejando solo el corazón, la ilusión, y el gusto implícito que hallo en pasar miedo.

La idea es, básicamente, escapar de la corriente universal que nos atrapa y tumbarme en algún ribazo del alma, a la luna, masticando, desnudo por completo, algún junco o espiga verde, crecida en el placer de la evasión. Totalmente desnudo, porque seré solo ilusión, placer y corazón.

1/26/2008

Todos creen, alguna vez, que tienen lo más especial. Que poseen lo que los hace únicos, inigualables en su dicha. Todos creen, en algún momento, que su fortuna es genuina, que nadie puede comprender cómo se sienten, que lo que poseen es lo más puro que el mundo ha podido ver jamás, lo más auténtico que los segundos del universo han podido rozar con su toque irretornable.

Todos. Incluido yo. Hoy ha estado a punto de dormirse en mi hombro. A nuestro alrededor el bar seguía en su microcosmos, desarrollándose en espirales de humo y galaxias burbujeantes de cerveza. He pensado en cuántos habrán tenido la suerte de vivir algo similar en algún momento de sus vidas, y en si todos ellos pensaron que fueron los más afortunados del mundo en ese instante. En todos los que nos equivocamos, en todos los que al equivocarnos ahí, en ese punto, acertamos en una parcela de nuestro espíritu.

Un grupo de chicas miraba, una era bastante guapa, o muy guapa. De vez en cuando me giraba para verla. Pero no cuando se ha apoyado en mí, no cuando no podía dejar de besarla, aunque quisiera. Mi boca demostraba voluntad propia.

Y ahora estoy en mi cuarto, escribiendo en mi estómago las turbulencias de la tarde que mi memoria remueve, apuntando con un cincel la superficie de mi alma. Es agradable sentir que todo se mueve en calma, que todo sigue su curso. Es mejor aún experimentarlo estando sereno, como yo ahora, escuchando a Sabina de fondo, hablando sobre ausencias, sobre el macabro vientre de los misiles.

La vida sigue, en suspiros ligeros que alivian al alma de pesadas cargas. Con mi hombro empujo el aire hacia mi espalda, aún la siento dormir en él mientras yo acaricio su nuca, inhalo su pelo, y moldeo su espalda.