8/25/2009

La tierra nunca olvida el otoño, nunca las hojas frágiles abrigando su suelo. Dime, qué hacer con tu tristeza y la mía. Dime, cómo convencer a la tierra de rechazar la oportunidad de enjoyarse con árboles de oro y rubí.

Las mismas hojas que siempre son distintas. Corre ahora a exprimir los días de verano, no llores la primavera, no caigas en melancolía por muy cerca que los vientos gélidos se anuncien, por mucho que el sueño ártico sacuda nuestros huesos despojando a los árboles, arrebatando a los montes y prados también sus colores de piedras preciosas y únicos metales.

El otoño nunca olvida a la tierra, y por eso le trae oro y rubíes, un año espera para verla. Dime, cómo decirle al otoño que ella no lo quiere, que sus regalos no la agradan. Dime, cómo mentirle, con qué derecho hacerle daño.

Déjalo tranquilo y en paz, es pobre amante. Pobre amante que morirá de frío, a diferencia de nosotros, que volveremos a verla vestirse con brisas de seda y juguetear con jade.

8/14/2009

No me queráis tanto, montes de Biel, porque soy el humo que volverá tras sus pasos hacia el fuego que lo vio nacer, al borde de las piernas de una adolescente. No me busquéis en la memoria con ese ansia, con el poder del espliego en el silencio de las tardes ganadas de la chicharra y el sol cayendo a plomo. No me persigáis con el aire a vuestro a favor.

Porque yo seguiré mi camino, con mis sueños desfilando al alba a lomos del cantar del gallo, lastimero y cargado de la consciencia de que nunca llegará al sol, y veré marchar con tu procesión de hijos muertos toda la fuerza que me despiertas en la sangre.

No, no sigas por ahí. No me hables de tus calles viejas y pisoteadas de sabiduría más antigua que mi carne dos veces cuatro mi generación atrás. No sigas, no llores por mis pies que te acarician mientras inhalo ni por mis manos que rozan la piedra que se desgasta en tus paredes centenarias.

Prosigue, eso sí, prosigue en tu discurso de las voces jóvenes que te hacen un lugar niño, prosigue en su canción de promesas futuras en un tiempo que huele a pino y tierra pura, donde el agua es fresca y sabe a agua, en el punto mismo donde lo ancestral permanece intacto, de algún milagroso modo, y tus fuentes que manan directas de la tierra, como savia para los hombres y la propia savia, elevan su arrullo a los cielos que te visten de zafiro para que traigan algún retal de nubes que dejen su fertilidad en sus lomas polvorientas de agosto.

Házmelo llegar a lo más hondo de los oídos, a lo más hondo de ellos que es el propio alma y hazlo de la mejor manera, que es susurrando, y dime que me anhelarás en cada recodo que mis ojos doblan y meten en un sobre que, lamiéndolo de pura pasión, envío a los deseos de mi memoria.

Pero no hagas lo demás. No me pidas quédate y observa la pulcritud de mis paredes ahora que los hombres fornidos esculpidos por mí mismo y pintados de sol me miman como deseaste que hiciesen. Porque aún lo deseo.

Sabes que no pido más que el universo tenga un plan para mí donde tú serás mi plan primero, mi origen del edén, mi propia isla bien comunicada. El eje de mis metáforas, mi sueño ideal alcanzable. Por eso te suplico que no me quieras tanto con tus montes ni me desees de esta manera con tu romero y tu espliego, con todos tus aromas y velados misterios.

Te suplico que no envíes la voz de los chavales a lo largo de los kilómetros para que sacudan mis párpados en un seísmo de agua, te suplico que tengas piedad, que perdones mi ausencia, que no llores por mí, que soy humo y aún no se ha dicho nada de que pueda llorar.

Pero, de algún modo y en algún lugar, lo hago.

6/21/2009

Mi sitio es este, donde el humo del veneno ajeno me envuelve desde sus cilíndricas anatomías. Mi sitio está aquí, desde la observancia que, paralelamente, avanza a la vida hirviente y descontrolada de todos los alienados de este bar. De todos, porque todos hemos cambiado el alma por algo más que un poco de alcohol.

Mi sitio no es otro que el de observar el frenesí de las camareras yendo de un sitio a otro para atender las peticiones de unos clientes, jóvenes y no tanto, que a cada palabra consuman un salto más en la involución. Jóvenes que las desnudan en un golpe de párpados, que las devoran hasta mancharse la carne bajo las uñas con el aceite de violentas, salvajes, fantasías. Jóvenes que se divierten. Jóvenes que son espejos.

Aquí es donde mejor me encuentro, aquí es donde, sin saber muy bien por qué, fui invitado a estar y elegí aceptar la propuesta. No me cabe duda de que poseo el aspecto aislado y aburrido típico de quien no sabe bailar, la apariencia siniestra que se acentúa con una sonrisa sincera tras la cual descansa, oscilando, una satisfacción y una calma auténticas: disfruto aquí, bebiendo tranquilamente y sin ansias, contemplando mis pasiones, dejándome llevar sintiéndome al mismo tiempo acompañado y solo.

Es un buen lugar. Es descansado, un refugio al que cualquiera puede entrar, un refugio del que, de hecho, esperas que alguien quiera entrar, que sea acogedor. Y cada cierto tiempo alguien se acerca, la gente te mira al pasar, algunos tal vez se pregunten qué coño hace alguien ahí parado sin más y, sin problemas, lo reducen todo a un sopor etílico compartido y salta la camaradería tácita del borracho.

En mi opinión es un mirador excelente como pueda serlo el de cualquier valle del Pirineo, por decir un lugar mágico. Es distinto, porque aquí no puedo imaginar ni intuir las magníficas alteraciones de la tierra, sus encorvamientos dolorosos que le llegaron como contracciones de parto desde un mar lejano que ni se huele ni se cree desde las altas cumbres; es distinto porque aquí comprendo otro tipo de giros, de retorcimientos, de acuciantes preguntas que generan más preguntas y que vienen movidas por cuerpos titubeantes hacia mí.

Esos cuerpos son amigos que se manifiestan de súbito, idénticas mariposas dejando atrás la dura y tenebrosa crisálida, y muestran las inquietudes y estremecimientos que les supone sentir su propia sangre como lava. Cuesta mucho comprenderse.

Porque todos, por distinto camino, hemos llegado al mismo destino: es difícil hablar y complicado escucharse. La música es muy ruidosa aquí, en este punto en concreto. En la barra del bar.