2/01/2009

En el plato solo quedan los restos de una cena más que decente. Me levanto a por el postre y, de paso, recojo el cubierto ahora temporalmente inútil. Avanzo diestro hasta la cocina, oscura y silenciosa salvo por el rumor de algún aparato, ignoro si el lavaplatos o la lavadora. Busco algo dulce con lo que darme por satisfecho, abro el armario y opto por un poco de chocolate y zumo. Tampoco hay mucho más que elegir... De hecho no hay nada más.

Cierro el armario con calma, con el zumo - que he tenido que sacar de un pack de tres tras pelearme con la cinta adhesiva que los mantenía unidos - y cuatro cuadraditos de chocolate. Creo que no es correcto llamarlos onzas, pero ahora no recuerdo por qué.

La puerta del estrecho armario se cierra con su sonido atenuado, es una especie de suspiro apagado, como el de aquel que duerme, se despierta durante un segundo o dos, y vuelve a dormirse sumido en placer al darse cuenta de que aún quedan horas de abrazar la cama. Horas de calma.

Apago la luz de la cocina y vuelve a estar a oscuras... El sonido del interruptor es similar al del armario al cerrarse, y por un momento observo lo silencioso de todo, me absorbe una atmósfera de abstracción y quietud. Es como si me hiciese ajeno a todo durante un brevísimo instante de velado estupor y después vuelvo en mí, a trazar el pasillo hasta mi cuarto sintiéndome relajadamente solo y a salvo, protegido, pero sin estar solo de verdad.

Estoy pensando en volver a por chocolate, a por más, pero no sé si lo que de verdad me llama es el dulce o volver a cruzar esa línea que marca la frontera a no sé qué lugar, frágil e ingrávido, donde todo parece un eco amortiguado.

1/26/2009

Déjalos dormir y a mí errar apacible. Déjame deambular y no me digas que he estado equivocado todo este tiempo, que aquello que creí importante en realidad no lo era. Déjame seguir mis propios pasos, los caminos que invento, aunque sean una violación a todos los mapas.

Mantenme como estoy, en este particular binomio de razón y fantasía, en mis sueños frágiles y en los que no lo son tanto. En cualquier canción que encienda toda mi carne, a base de escalofríos ramificándose como la vid sobre la pared. Vides de escalofríos, cepas de sensación.

En el silencio, quieto, no me abras los ojos aún. Quiero caminar a ciegas, intuir los obstáculos y descubrir la satisfacción. No me reveles la verdad, no la desnudes ante mis manos todavía, no lo hagas, a pesar de que te vea casi en todos lados. Ten en cuenta cada una de mis palabras y pensamientos, hazlo así para poder juzgarme cuando llegue el momento.

Pero ahora no, ahora no. A mí déjame errar, fallar y ser torpe; a ellos déjalos dormir. Apacibles, apacibles en un rumor de creencias de originalidad y paz.

1/22/2009

La voz que se ahogó en el río aún vive. Camino lleno de optimismo por las calles que ya me vieron deprimido alguna vez, escuchando una canción mítica por un cantante que se mitificó tras echarse a nadar con la ropa puesta. Escucho a un suicida, y dice Aleluya.

La fetidez del autobús es realmente vomitiva, mezcla de la lluvia, las prisas del que no se ha podido duchar, las pisadas húmedas y la tapicería de falso terciopelo rojo. Creo que el ligero remanente de olor a nuevo no es un buen ingrediente a todo este potingue olfativo pero, pese a todo, me acostumbro, cojo un asiento distinto al de todos los días, otro pequeño cambio, un detalle por cuestión de segundos, pocos segundos, y eso ya es suficiente para presentir algo grande hoy también.

Igual es el hecho, sencillo pero enormemente satisfactorio, de no haber tenido que madrugar, de despertar con luz solar y no ver las fauces nocturnas de un día cuya amanecida prefiere quedarse en la cama el rato que tú desperdicias por haber obedecido al despertador.

Como sea, la voz sigue, y es curioso y puede que hasta macabro sentir esta alegría mientras sigo, ahora también, escuchando a quien se quitó la vida. Me pregunto por qué lo hizo y se lo pregunto directamente, solo la canción obtengo como respuesta pero me sirve.

Sigue oliendo mal, muy mal, y el perfume excesivo de algunas mujeres se añade a la depravada orgía aromática. Por qué lo hiciste, vuelvo a preguntar, y la canción ya acaba, ya se atenúa, ya va dejándose apagar, se hunde la música, la voz se ahoga, se ahoga en las frías manos del aire, como aquellas aguas, que rodea mi cabeza, de ese mundo al otro lado de los cascos...

Pero sigo bien, a buen ritmo, con la espalda recta, sin arrastrar los pies ni llevando a cuestas el alma. Ya no hay voz pero está latiendo, y ratificará su vitalidad cuando vuelva a mí, cuando escape de aquel río, con el espíritu.