11/19/2008

Hoy la he visto. La he visto mover y la he observado desenvolverse completa, gesticulando, mirando, con los ojos pintados de negro en la raya; la he visto con las manos finas, el rostro pálido, la expresión triste. Trenzada en el sol de la mañana, el sol de noviembre, el embrión de los días cristalinos del próximo mes, con el cielo azul infinito y profundo y las nubes como el entorno antagónico de todas las pupilas.

La he visto, y me ha parecido un remolino de contradicciones, de hermosas y extremas contradicciones. Su pelo, por ejemplo, de brea al color y de espiga al aire cuando se movía. Y su boca, entreabierta y relajada con los labios tensos, como cuerdas de arpa al borde de arrancar un sonido doliente. Parecían sus sueños ancianos cisnes que ya entonasen.

Me he cruzado con ella hoy, con mi joven Alicia, mi joven y hermosa Alicia y después, al pensarlo así, con más calma y no tanta intuición he sentido las ganas, la ilusión quizás, de hacerla feliz, y no sé cómo porque soy incapaz de definir ese estado.

Por supuesto Óscar no es distinto a mí en ese aspecto pero... Pero puede que estén hechos el uno para el otro y sea así, solo así y entonces, cuando pueda saber cómo darle a Alicia todo lo que quiero.

Y es curioso, porque aunque me esté enamorando de ella, no puedo decir menos respecto a quien creo que es su mitad necesaria, su locura ansiada y esquiva. Su delicia ansiosa.

11/15/2008

Solo es inmortal lo único. De todo cuanto ocurre aquí, solo permanece de algún modo lo sentido, las emociones que nos rodean a cada instante, las dudas, las turbulencias, el miedo, la angustia; todos los titubeos obligatorios y necesarios que se tienen, se padecen, cuando se aproxima el cambio.

Solo es inmortal lo que se vive, porque siempre se recuerda. Es eterno, para mí, el encanto de un pueblecito, ya sea perdido en las montañas o levantando una inmensa llanura, en verano. Es indiferente el pueblo del que se trate, salvando los extremos.

Cuando miro una foto, o un vídeo, de uno de estos pueblos, sobre todo si es en una estación distinta, se me dispara la memoria, el engranaje inmisericorde que enciende, aunque sea por un instante, la maquinaria del recuerdo, que trae consigo al presente lo que ya se vivió una vez, con todas las emociones y, además, con un constraste para las mismas. Lo inmortal, de nuevo, lo único real, auténtico, es eso tan volátil, tan ignoto como la esencia del recuerdo, lo pasado o lo sentido.

Es una sensación de extraña fuerza, de fingido poder, que me invade. Y sigo teniendo miedo a ciertas cosas, pero no puedo hacer nada más que aguardar el momento exacto, que será el que el propio momento elija, para poder hacer lo que crea, en este caso yo, lo más apropiado.

Pero, pese a todo lo que pueda venir y que sea duro y doloroso, no puedo negar la vida eterna, porque es imposible, a que ayer me sintiera como el rey del mundo, el rey del bar, con mi copa de cerveza negra porque no había más vasos, abrazando a una amiga, mi artista amiga, y besando al amigo con el que compartí lo que creía que era nada cuando sucedía y que ahora resulta ser, cómo no, algo perteneciente a lo inmortal y que tampoco sé describir, explicar ni, aunque pudiera creer que sí, a veces comprender.

Anoche, en la desvinculación que todo elemento sufre cuando no está en su entorno, sin olvidar que el entorno son también las circunstancias y el resto de elementos que de manera regular suelen componer una escena, un hecho, descubrimos la mágica maleabilidad del tiempo en la memoria. Como un actor que se enamora de verdad alguna vez y se descubre representando uno de sus papeles, sin darse cuenta de que el escenario es él, está en él, y se muestra desconcertado.

Ayer volví, hoy aún estamos.

11/03/2008

Mientras me miraba me dije 'presta atención, no pierdas detalle pues este es el rostro del fracaso, el aspecto de la derrota y la mirada de la rabia'. Me vi pálido, claro y detallado, sintiéndome dolorido por un daño indolente. Me llamé a saborear esa imagen, me recordé que debía masticarla y extraer su jugo, del mismo modo que se hace con esos bombones rellenos de licor.

'Muerde con decisión, busca ese estallido, la explosión sorprendente que te lleve.' Temblaba, me supe enfermo, débil, y recapacité sobre la pelea perdida, el tiempo desparramado. Traje de nuevo al corazón a aquellos que reconocieron haber salido a la lucha con la derrota asimilada, sin fe, abusando de la esperanza de otros, despreciándola.

'Sí, -me dije, y me digo-, obsérvate bien en momentos como el de ahora para acabar por perder la vergüenza. Lámete mientras estés hundido, consigue amarte o, al menos, aprecia esta sensación de abandono que trepa tu espalda, que hinca sus garras serradas en tu carne y vomita, o escupe o se esparce líquidamente, como la luz del alba, sobre tu alma mal techada'.

'Haz un trabajo de mímesis, no sientas asco ni lo repudies. Encolerízate, odia lo que te provoca esto si quieres, pero no te odies a ti'. Me veía, y de alguna parte de mí llegaban esos consejos magistrales, esa voz que procedía a buen seguro del instinto de supervivencia. 'No retrocedas, no huyas de lo decadente y mezquino, de lo bajo y pobre de espíritu. Mírate cuando seas parte de ello, hazte inmune'.

Y me vi, y me miraba como ahora me encuentro, inmunizándome. Es cierto, ya no hay rostros felices, no se ven, puedes buscar pero no se hallan. Aunque sí hay atisbos de luz, repentinas manifestaciones, deflagraciones mágicas controladas en el tiempo pero no en la intensidad.

Es sencillo darse cuenta. Todos caminan sumidos en sí mismos, en lo que los angustia y preocupa. Caminan con la mirada en crepúsculo, y es invierno en sus gestos, en su gesto completo más bien, y no hacen nada sino seguir este río de aguas infinitas. Huyen, si acaso, de lo vejatorio, que es lo constante, del mismo tiempo.

No parecen recrearse en esa situación, no se deleitan como sentí hacer que hacía al verme en el espejo, elevándome a cada instante, comprendiendo la nulidad de lo que la existencia es y lo paradójico que resulta el inmenso y ansioso contenido que hospeda.

La negación, pues, parece el camino más seguro a la ruina, y la confrontación, el hecho de desnudarse y decirse en el espejo, cara a cara y sin que tiemble la voz ni titubee la mirada, 'sí, lo sé, he fracasado hoy', entraña un éxito evidente.

Significa la trascendencia de uno mismo, alejarse del miedo, desprenderse un nivel más del pudor, del ridículo y el hastío. Desmenuzarse a uno mismo en la soledad, examinarse con ahínco, con perseverancia furiosa de bárbaro, hasta dejarse solo las esencias, como las vísceras, temblando en las pupilas.

Quedando ya solo el magnífico manjar, beber con delectación de la libertad de ser, de ser sin presentarse la presión, la carga, de la posibilidad de no estar a la altura. Y el privilegio de que en tu gesto no sea siempre invierno.