9/11/2008

¿Cómo no iba a hacerlo? Debía enfrentarse a ese miedo irracional que aparecía de vez en cuando, en pulsos constantes de dolor, palpitaciones de la angustia. Podía pensar alguna mentira para dejarlo correr, para distraerse y creer que todo iba bien, que no había nada alterado en su entorno, en su mundo, y utilizar esa estrategia, otra mentira, para convertirse en un mártir.

No sabía muy bien qué hacer, no sabía si volvía a lo de siempre o si acaso esa vez era real, pero real de verdad, y si esa asfixia continua que lo amordazaba a la mediocridad con cuerdas de apatía sería la trampa en la que acabaría por callar para siempre.

Se odiaba a muerte por ello, se sentía culpable por no aprovechar lo que, teóricamente, era un privilegio, o un don, del que era responsable. Tanto trabajo... Tanto. Sin detenerse nunca, sin rendirse bajo ningún concepto. Sin más recompensa que la liberación inmediata y paulatina, como una inoculación de adrenalina por impulso intravenoso, el arroyo de la vida.

La paz temporal, la vorágine, el espejo en el que verse cara a cara. ¿Y si eso no volvía a ocurrir? Tenía miedo. No podría permitirse algo así, perderlo, perderse. En su extraña forma de sufrimiento, en su inevitable vía de vanidad perfectamente adivinable en sus sueños, pero al mismo tiempo la serenidad del aprendiz, del que se hace a uno mismo en algo, del que sabe que no regalan nada.

No tenía claro qué ocurría, pero sentía en una parte de sí, de algún modo, que el templo que erigió con sus manos, sus tripas, sus dolores y alivios, se tambaleaba. Y tampoco sabía reconocer si sus palabras eran una manifestación vital, o el silencio de donde no hay nada.

La mentira... Que ni la cerveza ahogaba el suspense, la crispante y venenosa intriga de si habría acabado ya, de si estaría consumido. La verdad era bien distinta: la cerveza lo cura todo, y nunca acaba la tormenta.

8/30/2008

Tú estabas desnuda en mi cama, y tu cadera levantaba olas con las sábanas azules. La espalda a mi merced, y mis dedos de bestia te dibujaban líneas de caos sobre los hombros. No había ansia, ni miedo, ni fuerza, ni ganas. Solo el instante fugaz por el cual, de algún modo, se pierde hasta la pasión por la pasión. Estaba tranquilo, sin tiempo para el futuro. Tranquilo.

Hasta sin sueños, pienso, porque ya estoy viviendo por palabras, letra a letra. Y te olía entera, y te tuve en mi boca, y ahora, aún, cuando duermo, te sigo encontrando en la almohada, o al menos los restos de la vida que creamos ahí, por un instante en el que estuve en calma.

En el que ya no había nada, salvo invisibles líneas de fina locura inscritas en tu piel, tu nuca erizada. Los dos dentro del océano de mi cama, que encontró su génesis en el centro de tu ser, al final de tus piernas.

8/26/2008

La abuela dijo que el abuelo estaba chiflado, que ya no sabía bien por dónde le daba el aire y cosas de ese estilo. Sé que tenía algo de razón, porque momentos antes el abuelo nos dijo, a mí y a mi hermana, algo sobre unas mujeres árabes, o no sé si musulmanas, que iban por el barrio, arriba y abajo. Lo importante no eran ellas, sino que iban tapadas del todo, con la cara cubierta.

Lo dijo sin más, de sopetón, y sentí una especie de piedad extraña, a lo mejor el miedo al tiempo y una forma de ganar puntos para cuando a mí me pase lo que a él, si es que llego. Después siguieron hablando, entre viaje y viaje de la cuchara a la boca.

A continuación ocurrió algo que no sabría cómo describir. Después de habernos escuchado a mi madre y a mí hablar sobre el colchón nuevo que necesito, mi abuelo insistió en regalarme uno que tenía en una habitación. La abuela lo reprendió, ligeramente, y entre risas, cuando el abuelo fue a la cocina, dijo que estaba deseando deshacerse de ese colchón, venderlo o lo que fuera, pero que nadie hacía caso al abuelo... Y que nadie se lo haría. Ella, por su parte, dijo que le hacía duelo.

Y tiene que hacerlo, tantos años ahí, tantas navidades dando sueño a sus nietos... ¿Qué te queda cuando eres viejo? Así que, sin más, mi abuelo me dio un metro y me dijo que fuera con él a medir el colchón. No sabía muy bien cómo decirle que necesitaba uno nuevo, así que no lo hice, me callé y medí, y las distancias, la geometría o lo que fuera, me dio la razón y el motivo.

Es pequeño este colchón, abuelo, no me lo puedo llevar porque sobraría somier. Y me contestó que ya lo sabía, que el colchón era de ochenta. Salimos y le devolví el metro, y yo volví al sofá. Me quedé adormilado, pensando en cómo se desliga la mente poco a poco con los años, en los ligeros derrapes que desencadenan ciertos resbalones, con el vehículo de la razón dando bandazos.

Sí, me daba la impresión de que la abuela estaba en lo cierto, de que el abuelo perdía el rumbo por momentos, y me preocupó sobremanera tenerlo tan claro cuando, minutos después, la abuela le dijo a mi madre, con alguna lágrima en el rostro, que estuvo a punto de quemarse los ojos hace unos días.

Le di el bote de colirio al abuelo, - dijo - para que me echase las gotas en los ojos... Lo que no sabíamos ninguno de los dos, porque no nos dimos cuenta, es que le di este otro bote. Son parecidos, solo que del que me eché me lo recetó el médico para secar los callos y las durezas de la piel. No, no fue al médico... Dijo que ya iría, en un par de días, y tan solo nos hizo saber que estaba un poco preocupada porque ahora veía la mitad de lo que veía antes.

Desde la cocina el abuelo acababa con la vajilla, secándola como hacía siempre desde a saber cuántos años atrás, y me dio la sensación de que hay cosas que no pueden cambiar, porque entonces sí estaríamos totalmente perdidos...