5/15/2008

¿Aplastarás esa fruta joven entre tus dedos? Amargarás la sangre del árbol, la tierra agria de dolor tal vez lo castrará para siempre. ¿Ahogarás tus manos en su rojo jugo vital? Morirás la vida de su savia, las hojas verdes, las flores blancas. ¿Querrás dejar el óseo corazón a la intemperie, en la herida marcada de tu impaciencia?

Verde el cuerpo aún en tramos, retazos de niñez, y el ansia de estar completa para estallar en tu boca. Todo, todo desharás voraz y salvaje, obligado por un instinto brutal que te hará merecedor de todas las condenas.

Humana bestia, maldita figura que la lluvia ha de odiar, partiste en dos la magia de la primavera. Aléjate si sientes vergüenza, márchate ya si eres aún un hombre. Deja que la vida se arregle a sí misma, que se repare.

Vete, sin más vete y no mires atrás. No vuelvas a fijarte en la fruta caída, a la que culpaste eludiendo tu culpa. Déjala alimentar el suelo, mientras cicatriza de nuevo en algún futuro fruto, en alguna a la postre flor.

Que la abandonas agujereada y mordida como un corazón. Pobre cereza, pobre vicio pasional y tentador. ¿Dolor de amor? Benditos, pues estamos vivos. Que la abandonas, la abandonas... Mas olvidarla nunca podrías.

5/14/2008

Prométeme que escaparás de estas líneas antes de que sea demasiado tarde. Yo estaré atrapado entre las frases absurdas de esas encuestas que lo son más todavía, o esperando al autobús en una marquesina mal diseñada por la que se colará todo el aire gélido en invierno y se desparramará el sol en el verano.

Dime que puedo confiar en ti y que te habrás ido antes de que sea demasiado tarde, es la única manera, solo así podré preservar lo poco que tengo y seré libre de atesorar palabras que luego aventaré al horizonte, aireando mi recuerdo y así, a lo mejor, podré limpiar la memoria.

Si no lo haces nos estarás condenando, a ti sobre todo. Puedes llevarme contigo, si quieres, mientras cuanto soy se va esfumando como si mi identidad fueran las burbujas de esas medicinas efervescentes. No sé qué más decir, que me puedes encontrar en esos formularios absurdos, y en los renglones de las conversaciones que cogerás en retazos perdidos, y que harán en ti, y de ti, un mosaico de historias mezcladas.

Yo soy como esas historias, un rompecabezas cuyas piezas cambian y que su dibujo se altera en función de algo que resulta totalmente imprevisible. Si has llegado hasta aquí debes saber que a ambos nos queda muy poco, si te has ido antes no serás consciente del favor que te debes.

No obstante, si has desoído todos mis consejos, todas mis recomendaciones, te adelanto que en esta línea no hallarás ni una más, ni tampoco una súplica. Pues acabas de meterte en mí, bien adentro, y yo aprovecharé para devorar tu pensamiento, sin que ninguno de los dos lo sepamos, hasta que me convierta en ceniza y haya incendiado cualquier atisbo de razón.

El bus no llega, el sol calienta y a un metro de la carretera baila suspendida una niebla sinuosa. Parece que tras ese punto lo que viene se avecina sumergido en agua. Una conversación aquí, un formulario sobre mi escritorio, y mientras lo veo sé que nadie hará caso de mis respuestas.

Otra historia que se precipita hacia el núcleo arremolinado de lo que podría ser considerado un huracán. Y junto a él estás tú, intrépido lector, que te has dejado seducir, o a lo mejor engañar, por estas confesiones. No sé si pueden llamarse de otro modo.

Quizás haya estado equivocado y ahora mismo seamos libres, lo cual suena muy bien.

5/13/2008

El domingo por la noche volvía a casa después de cerrar un asunto urgente y muy importante. Un mar turbulento que, al fin, llegó calmo a las playas que mis brazos abren hasta mi pecho, donde sus labios reposaron. Desde los acantilados de sus ojos asomó espuma de la tormenta, pero no llegó a mezclarse con mi arena.

Volvía a casa con ese mar dormido, largo y extenso, como una plataforma de azabache, cortada por un hilo de plata y luna llena. Los abrazos lo curan todo.

La noche era templada, no llegaba a cálida todavía, y yo estaba a punto de cruzar un paso de peatones cuando escuché a una niña decirle a su madre que el niño estaba llorando. Se volvieron las dos mujeres que había de inmediato, y una de ellas, presumiblemente la mamá, se dirigió al chico en un idioma extranjero.

Reduje mi velocidad y me quedé a medias expectante a medias avanzando, pensando en que alguien debería decirle a ese niño que llorase, que se dejase llevar. Decirle que si de corazón se llora es porque el llanto calamará la sed, las inquietudes, del alma.

Porque el motor del pecho también se cansa a veces, y es necesario sollozar de hondo, con el aire faltando a los pulmones y sintiendo esa ligera presión en el estómago, para que todo vuelva a su cauce. Seguí pensando en ello, en acercarme y mirar al niño de frente y decirle ven, vamos, llora, apóyate en mí y yo en ti, y compartamos nuestras lágrimas.

En decirle quédate tranquilo, que a veces es necesario dejarlo así, que siga corriendo, para que ni las mejillas de nuestro rostro, ni el suelo, ni tampoco el cielo o los árboles, se olviden de que somos lo que somos. Podría habérselo dicho a la mujer que la chica llamó mamá, para que se lo transmitiera al niño.

¿Pero cómo decirle algo así a un adulto y esperar que lo comprenda? Así que seguí mi rumbo a casa, rumiando mis ensoñaciones, deseando que ese niño llorase hasta quedar dormido y nuevo, con la fuerza de saber que está ahí, que no es malo que lo haga, que llorar es necesario.

Ahora, mientras escribo esto, pienso en cuánto me habría gustado arrodillarme ante aquel chico, que ahora vive en mi ciudad, con su llanto, a lo mejor, de añoranza, y haberme dejado cobijar por él, y él por mí.

Porque da la casualidad de que los abrazos lo curan todo. De que son capaces de apaciguar un mar embravecido.