2/07/2008

Te cogen con la guardia baja, cuando no puedes hacer otra cosa más que atenderlos. No les gusta que puedas razonar, por eso te enganchan cuando apenas eres tú, sino otro tú, una parte distinta de la habitual. Da lo mismo debido a qué.

Entran en tu casa sin llamar ni siquiera, cruzan el pasillo de la existencia que os separa y acaban, con facilidad, por entrar en tu habitación, desnudándose en el altar propio donde se mantiene lo que crees que eres. Donde se manifiesta, de forma interior y propia, tu identidad. O lo que te parece que es tu identidad. Entran en ti.

Inquietan y profanan mientras se quitan las capas que los ocultan. Se revelan sus formas después, con rostros que nunca podrás olvidar, y con los que has aprendido a no vivir, o con un cuerpo deseado que aún hoy, años después, tus manos se preguntan por qué no pudieron acariciar, buscando debajo de esa minifalda.

La fascinación lanza una ofensiva, y activa un mecanismo de pesadumbre que hará su efecto al despertar. Cuando sea todavía más tarde, cuando sea completamente imposible. Pero te dejas llevar durante el sueño, porque tal vez tenga algo de real.

Al despertarte, el veneno inoculado se rebela. Te quedas con la cara ensombrecida y la certeza de que existen los fantasmas, los cuales no entran de afuera, sino que salen desde dentro.

2/06/2008

Asusta, asusta mucho. Las ilusiones es lo que tienen, que caminan por una estrecha cuerda a varios metros de altura con respecto a la consciencia. No en relación a la realidad, porque las ilusiones también son reales. Se mueven a la par que uno mismo, y si uno tiene miedo, ellas se acojonan. Puede que no sea tan complicado después de todo.

¿Qué me queda entonces? No tener miedo, está claro. Seguir esforzándome, darlo todo. Da igual cuánto sea, pero que me quede vacío. Vacío, sin nada dentro, como Jeff Buckley en su aleluya. Me estremece la intensidad con la que, creo, lanza un mensaje desesperado. Ya lo he hecho antes... Creo que lo hago siempre. Quedarme solo con aire en el cuerpo, y algún que otro fluido.

Me deshago por dentro, y cuando acabo ya estoy lleno de nuevo. Siento en la piel una ropa pesada, que se adhiere a las capas más íntimas de mi ser, creo que está asfixiando el alma. Hay tantos que me preocupa el porqué debería creer que estoy entre los mejores. Aunque, pensándolo bien, negar esa idea no me demuestra que esté entre los peores, o los mediocres.

La música tiene razón. Está inundando mi cuarto, y me grita ya desde las rodillas. Una voz en mi cabeza le hace el coro. Y son ecos en mi pecho. Es importante no dejar a nadie indiferente, es importante que puedan decir, al conocerte, que han sentido algo. Conocerte a través de lo que sea, como sea, descubrirte.

Creo que esa es la esencia de las cosas. Como pensar en la madrugada que se va desnudando, tímida ahora y salvaje en dos vueltas de reloj, ante mí. Hoy quiero amarla despierto, que nos arrope el día, mientras un montón de palabras acaban con mi cuerpo exhausto y las entrañas... Las entrañas como el alma, vacías.

2/05/2008

En parte es por ego, por demostrar que se es capaz de construir. Me cuesta reconocer que es por eso por lo que escribo, aunque sea en parte. Es porque puedes conseguir que alguien te diga que le has hecho sonreír, o que le vibrase la barbilla o sintiese una presión constante en la nariz que se disipó con un parpadeo en el que se mojaron, levemente, las pestañas.

Por otra parte es para mí. Porque si me leen siento que ha merecido más la pena. Pocos son los que leen, pocos los que escuchan. O eso parece. Cuando te convences de ese hecho, y lo asumes, te das cuenta de que lo acabas haciendo para unos pocos, unos pocos que empiezan desde uno mismo, que será a quien vean y sientan cuando lean, si se ha sido capaz de manejar las palabras, dándoles una dirección y un destino.

Lo que me motiva a mí, personalmente, es llegar más allá de la memoria... Y hacerlo pasando primero por las entrañas y la sangre. Cuando escribo siento las palabras por dentro y por fuera, a flor de piel... Es curioso que sea tan difícil saber si has conseguido hacer lo mismo con el lector. Nunca se puede saber a ciencia cierta, y aun cuando lo sabes, apenas sirve de algo artísticamente hablando.

En mi caso, para nada. Solo a nivel personal, para seguir mejorando, o intentarlo al menos. Sencillamente porque lo que está en juego es mucho más importante que cualquier otra cosa. Es compartir, es dar sin pedir. Creo que por eso escribo, para que lean lo que quiero dejar sobre la mesa de sus consciencias a pesar de que no me lo hayan pedido.

Y esperar que hagan lo mismo conmigo, que compartan su corazón y algunas habitaciones de su memoria. Pero al escribir es distinto... Al escribir lo que haces es dejar la llave. Algunos la guardan en la palma de sus manos, otros lo hacen tan a fondo que no recuerdan si les dejaste algo.

Por si acaso, vuelves a hacerlo. Escribiendo, constantemente desnudándote ante la nada. Una nada que, a lo mejor, puede tener ojos. Hago esto por mí y por ellos, por ellos y por mí. Aunque no sepa quiénes son. Aunque ignore si acaso les importa que lo haga.

Pero lo hago, de nuevo lo hago.