11/11/2006

Es inevitable sentirse miserable con uno mismo. Rendirse estrepitosamente. Claudicar para salvar el último resquicio de esperanza en la memoria. Sentir que nunca será mía. Que solo podré aspirar a una oportunidad que se consumirá por entero en el momento en el que su mirada tropiece con la mía y le cambie mi corazón por su sonrisa.

Será entonces cuando todo cobre un mismo sentido y a partir de ese momento cuando me alce en un equilibrio descompensado. Subir tan alto que la duración de la caída me evitará empotrarme contra el suelo. Habré muerto antes a causa de una parada cardiaca.

Porque siempre es lo mismo. Una vorágine oscura de sentimientos translúcidos que no son más que amalgamas de unos con otros. Solapamientos inconclusos que no se definen por completo en un perfil comprensible. Caos.

Trazos difusos de locura y rabia contenidas en un centro tan denso de mi cuerpo que trasciende hasta mis entrañas, hasta donde reposan los sueños de mi alma. Me he despertado con ojeras de llorar dormido, tal vez. Y me duelen los músculos de luchar en mis fantasías nocturnas.

El crimen autodestructivo por excelencia. El crimen perfecto. El morbo macabro, la alevosía sádica. Quiero soñar, apostaré mi ánimo al despertar... Me desprenderé de las sábanas impregnadas de sudor e ilusión y depositaré mis pies de pétreo realismo en este suelo árido.

Páramos de desesperanza. Desesperanza que me absorbe la sangre, como las pinceladas salvajes de tu cuerpo que contrastan con la timidez de tus pupilas, de tu iris, de tu cara y tus pestañas.

10/25/2006

Esas calles ruines y mezquinas que recorrí ayer trajeron a mi mente recuerdos de abril y mayo en este octubre tardío. Como si el tiempo hubiese sufrido un atasco, de esos que se dan en la operación salida, en el que los segundos, minutos y horas se hubiesen quedado rezagados al propio devenir.

Inmunes, atrapados en las fachadas antiguas, anacronismos de este presente que me aturde, se quedan ahí. Sin dejarme libre de las fantasías florecientes de la primavera; sin dejarme libre de la decadencia progresiva del despertar otoñal.

Porque los sueños decaen al contactar contra la realidad levantando una polvareda inescrutable de recuerdos. Caen, estrepitosamente pero sin el sonido suficiente como para reclamar la atención de quien formaron parte; igual que edificios discordantes; del mismo modo que notas desacompasadas. Como errores, caen.

Luchan por salvarse de la hipócrita autoría que tratará de borrarlos, negando así su existencia, su paso. Pero siempre vuelven, vuelven porque se quedan, porque nunca se van del todo, porque resisten en la lucha por la permanencia, como espectros emergentes de la nada, repentinos, con los testimonios del pasado para argumentar en su favor el cual, a veces, resulta ser nuestra contra. Vuelven.

Tratan de engancharse a nuestra piel y nuestra carne clavando sus zarpas en lo más blando de nuestro seso, dejando sus babas indelebles en la absorbente pared de la memoria. Y siempre lo consiguen.

Fantasías, sueños, errores... Colosos decadentes, maravillas álgidas que acaban por ser la cicatriz de nuestro ego, como el arañazo de las zarzas a nuestra piel. Pero no nos guardan rencor, porque no nos odian, porque son lo que somos. Es una lástima que nosotros no podamos comportarnos con ellos análagomente cuando caen e irremediablemente nos arrastran.

Sería hermoso levantar junto a ellos en lugar de huir. Sería, ciertamente, inteligente.

10/22/2006

Comunicar es más decir que hablar. Se puede hablar mucho pero decir poco. Transmitir no es convencer sobre lo que hablas sino conseguir que se identifiquen con lo que dices. Que se identifiquen con lo que dices es una vía para que sientan, y sentir es clave para poder soñar. Poder soñar nos acerca a ser libres. Ser libres es para lo que hemos nacido, y hemos nacido para morir sin olvidar que antes de morir tenemos la elección de poder vivir, o no.

Elegir es practicar esa libertad y practicar es desarrollar esa vida latente en nosotros. La vida latente de nuestro interior es la que da color a nuestro mundo y nuestro mundo es lo que nos da calor a nosotros.

Nosotros somos todos o somos tú y yo. Tú y yo somos dos y el resto son ellos. Resto es la diferencia entre dos números. La diferencia es lo que hace a unos más especiales que otros. Otros somos cualquiera por lo que cualquiera puede ser especial.

Poder es lo que buscan algunos y aquí se da la casualidad de que algunos no son todos. Aquí es donde te espero y esperar quiere decir que pensaré en ti hasta que llegues. Llegar es reventar el tiempo y el espacio en un momento de infinita satisfacción, o desgracia, según quisieras llegar o no.

Querer es importante pero le damos más importancia al que nos quieran. Que nos quieran es ser queridos y no tiene por qué ser recíproco. Reciprocidad es mutualidad en un ciclo pero no ha de ser simultánea necesariamente. Ciclo es acabar donde empiezas o empezar donde acabas, dependiendo desde dónde lo mires.

Mirar es buscarte y ver conlleva encontrarte. Encontrarte es descansar. Y descansar es entregarse, por un momento, a la tranquilidad de saberse en calma. Saberse en calma está muy próximo a hallarse en paz con uno mismo y ésto nos lleva a estar en paz con otros y como otros somos todos entonces nos encontramos en una paz general que no tiene por qué ser mutua y recíproca.

Pero tal vez sí tenga que ver entre tú y yo. A lo mejor algún día tú y yo solo seamos uno. Solo es solo y no solitario.