Ya es de noche ahí fuera. Está todo muy oscuro, tanto que hasta da miedo. Se distinguen las casas como siluetas siniestras que apenas distiguen su negrura de la de la propia noche. Tiene pinta de hacer un frío de la hostia, pero no voy a comprobarlo. Al menos no de momento.
El exterior está paralizado, como si hubiera intoxicado al tiempo con una neurotoxina casi letal. Hasta los coches que se mueven, más que alterar esa calma casi abiótica, no son más que la reiteración de esa quietud a la que todos llegaremos en algún momento de nuestra vida.
Es irónico, en algún momento de nuestra vida llegaremos a nuestra muerte. Sin embargo, lo que transcurre al otro lado de mi ventana no entiende de grandes frases, ni de metáforas. Ni siquiera comprende la literatura, ni la poesía ni la matemática. A pesar de estar compuesto por ello.
Siento la tentación de quedarme embobado mirando a través del cristal, seguramente mirando a ningún lugar en concreto pero viéndolo todo. Todo lo que mi retina, como su propio nombre indica, sea capaz de retener. Ir posando mi mirada de farola en farola, y de paso moldear algún versito fugaz que por pereza pasará a formar parte del olvido porque no me saldrá de los huevos apuntarlo en un papel.
Bueno, supongo que ya es suficiente. Ahora el horizonte queda definido por una línea de luces titilantes que se extienden hasta fundirse con la propia noche o, quizás, con el amanecer del otro lado del mundo.
El exterior está paralizado, como si hubiera intoxicado al tiempo con una neurotoxina casi letal. Hasta los coches que se mueven, más que alterar esa calma casi abiótica, no son más que la reiteración de esa quietud a la que todos llegaremos en algún momento de nuestra vida.
Es irónico, en algún momento de nuestra vida llegaremos a nuestra muerte. Sin embargo, lo que transcurre al otro lado de mi ventana no entiende de grandes frases, ni de metáforas. Ni siquiera comprende la literatura, ni la poesía ni la matemática. A pesar de estar compuesto por ello.
Siento la tentación de quedarme embobado mirando a través del cristal, seguramente mirando a ningún lugar en concreto pero viéndolo todo. Todo lo que mi retina, como su propio nombre indica, sea capaz de retener. Ir posando mi mirada de farola en farola, y de paso moldear algún versito fugaz que por pereza pasará a formar parte del olvido porque no me saldrá de los huevos apuntarlo en un papel.
Bueno, supongo que ya es suficiente. Ahora el horizonte queda definido por una línea de luces titilantes que se extienden hasta fundirse con la propia noche o, quizás, con el amanecer del otro lado del mundo.